4. LA CRISIS VASCA:
Si en algún sitio el marxismo ha demostrado su capacidad para recuperarse de sus limitaciones iniciales, de las degeneraciones sufridas y para demostrar su valía, ese sitio es Euskal Herria. También lo ha hecho en el resto del planeta pero en nuestro país se concitan los ejemplos más esclarecedores al respecto. Hay que empezar diciendo que, desde una interpretación parcial, nuestra lucha de liberación nacional contradice abiertamente al marxismo ya que este, en boca de Engels, "profetizó" a mediados del siglo XIX que los vascos y otros pueblos, estabamos condenados a la extinción nacional al ser "pueblos sin historia". Los hechos posteriores han demostrado el erróneo de esta afirmación, No hace falta recordar que semejante error ha sido usado en luchas teórico-políticas como argumento para invalidar el marxismo en cuanto tal, sin tener en cuenta no solamente otras muchas cuestiones sino el hecho de que aquella afirmación fue realizada en la fase inicial de formación de esta teoría, siendo rápidamente olvidada y hasta negada su argumentación de fondo por enriquecimientos posteriores que sí expresan la lógica del materialismo histórico en lo concerniente al llamado "problema nacional".
Esta capacidad de autocrítica y corrección quedo demostrada definitivamente a lo largo de las reflexiones sobre cuatro aspectos que tienen una directa relación con la experiencia vasca, y que fueron desarrollados hasta comienzos de los años ’20 del siglo XX. En primer lugar, me refiero al reconocimiento que Marx y Engels hacen de la importancia de los factores nacionales y culturales para la evolución concreta del capitalismo, desde los años ’60 del siglo XIX, preocupación que no se extinguiría con los años sino que se acrecentaría imparablemente. Nos ofrecen una explicación evolutiva de las formaciones sociales concretas capitalistas que valora la importancia de las tradiciones étnicas y nacionales, de la cultura de los pueblos, de sus costumbres, etc., como fuerzas no pasivas sino activas en el desarrollo de los capitalismos concretos. No imponen un modelo único y obligado, el modelo de la nación dominante y de su Estado, sino que exigen analizar las historias particulares para comprender las diferencias evolutivas. Desde esta perspectiva, que se plasma en el concepto de "formaciones nacionales de producción precapitalista", es perfectamente comprensible que naciones con identidades tan singulares y propias como la vasca, puedan desarrollar una sociedad capitalista propia diferenciada nacionalmente de otra sociedad capitalista como la española.
En segundo lugar, sobre esta base que reafirma la dialéctica de la interacción de factores, se produjo luego el esclarecedor estudio de las potencialidades revolucionarias implícitas en la propiedad comunal de la tierra, estadio no solo precapitalistas sino incluso preclasistas, o a lo sumo coexistente con el clasismo aunque en retroceso. Los estudios sobre la comuna campesina rusa son excepcionalmente esclarecedores al respecto, y sus derivaciones y aperturas conceptuales se extendieron en forma de manuscritos a la existencia de modos de producción como el germánico y el asiático que planteaban reflexiones cortadas de cuajo por el stalinismo en los años ’30. Lo esencial de este marxismo radica en que, de un lado, afirma que la vía capitalista al socialismo no es ni la única y la obligada sino que en determinadas circunstancias se puede saltar del "atraso" al socialismo, ahorrándose los pueblos "sufrimientos sin par"; y, de otro lado, que es fundamental que los pueblos que intentan este salto conserven activos los recursos comunalistas y presocialistas inherentes a la propiedad colectiva de la tierra de manera que ya están acostumbrados a autoorganizarse y defenderse colectivamente. Esta tesis que Marx y Engels estudiaron sistemáticamente fue recogida y ampliada con experiencias de otros pueblos en los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista, y luego por las guerras de liberación nacional de los pueblos oprimidos.
Pues bien, en Euskal Herria la propiedad comunal sobrevivió largo tiempo y fue uno de los derechos y una de las necesidades populares defendidas con las armas por nuestro pueblo. Luego, tras las derrotas militares del siglo XIX, las costumbres societarias y comunitaristas inherentes a la propiedad comunal sobrevivieron y se plasmaron en el movimiento cooperativista y en otras muchas expresiones practicas de los movimientos populares, sindicales, asamblearios, sovietistas, etc., del pueblo trabajador. Quiero destacar tres características de nuestra cultura e identidad popular esencialmente unidas a la cotidianeidad de las masas vascas en el Antiguo Régimen, cuando era un sistema nacional de producción precapitalista en el que lo comunal tenia su importancia pese a los esfuerzos burgueses por imponer definitivamente la propiedad privada. Una es la persistencia del euskara, del complejo lingüístico-cultural euskaldun, en el que lo colectivo juega un rol decisivo. Otra es la persistencia del derecho de las gentes vascas a llevar armas para su autodefensa, derecho que se extiende al de no participar en ejércitos extranjeros, etc.; y la última es la persistencia de los comunales y de las costumbres populares de trabajo colectivo, ayuda mutua, colaboración, etcétera.
Estas tres características de la identidad popular vasca activas hasta no hace mucho tiempo, se mantuvieron luego subterráneas y clandestinamente, o abiertamente en las luchas contra las agresiones extranjeras y contra la clase dominante vasca, aliada y colaboradora de y con esas invasiones. Sin estas costumbres tan arraigadas en nuestra identidad --y tan perseguidas por los poderes extranjeros e internos-- habríamos dejado de existir como pueblo. Y las tres, además de otras, solamente son comprensibles desde la teoría marxista tal cual se formo definitivamente de los años ’60 del siglo XIX en adelante.
En tercer lugar, mientras que el marxismo avanzaba en esta comprensión materialista de las identidades colectivas, también avanzaba en el estudio del capitalismo como sistema mundial, que abarcaba al planeta entero mediante la mundialización del mercado, algo en lo que se insiste machaconamente ya en 1848 en el Manifiesto Comunista, y que ridiculiza toda la fraseología actual sobre la globalización. Pues bien, lo que quiero resaltar ahora en que junto a la importancia dada a la expansión mundial del mercado, se daba también creciente importancia a las luchas por las identidades nacionales, que no solamente a las luchas de clases. ¿Cómo solucionar esta contradicción creciente entre lo más grande y desarrollado, como el mercado mundializado, y lo más pequeño y tradicional como las naciones oprimidas? Mediante la ley del desarrollo desigual y combinado que venia a decir que los pueblos más "atrasados" podían desarrollar los más adelantados logros humanos de manera que, además de evitarse en largo sufrimiento capitalista intermedio, también podían avanzar a gran velocidad igualando y superando logros de otros pueblos. La ley del desarrollo desigual y combinado, confirmada por toda la historia del siglo XX ha sido un instrumento crucial no solo en la explicación de los acontecimientos mundiales sino sobre todo para idear estrategias de liberación nacional de pueblos que, en apariencia, carecían de toda oportunidad de futuro.
De hecho, esto es lo que ocurrió en Euskal Herria pues aunque ya disponía de un capitalismo comercial y hasta con sólidas bases de producción de hierro, armas, barcos, etc., en los siglos XVI y XVII, entró en crisis. De todos modos, lo fundamental de esta ley estriba en que un pueblo preindoeuropeo "condenado a la extinción", como hemos visto, pudo sin embargo desarrollar una impresionante guerra de resistencia nacional en los años ’70 del siglo XIX y una no menos impresionante lucha de clases desde la última década de ese siglo, lucha que bien pronto fue también nacionalizadora e independentista, y más tarde, de liberación nacional y social, también antipatriarcal en su momento. Otras naciones oprimidas por el Estado español como Andalucía y Catalunya, incluso en determinados momentos Castilla, vivieron fases igualmente gloriosas de luchas de clases y de liberación nacional, pero decayeron y hasta algunas de ellas retrocedieron. Tenemos el caso de Asturies, por ejemplo, con su movimiento minero, radical y duro, pero prácticamente derrotado desde los años ’80 del siglo XX, o la agudización de la conciencia social y nacional en Galiza antes de la terrible represión de 1936, y su evolución posterior. Podríamos poner, a otra escala, ejemplos extraídos en el Estado francés y hasta las diferencias de ritmo e intensidad de las luchas entre las partes de Euskal Herria oprimidas por los Estados español y francés.
La ley del desarrollo desigual y combinado sirve como herramienta para explicar por qué se producen estos altibajos en la escala de lucha en periodos y espacios relativamente amplios, recomendando utilizar siempre los instrumentos adecuados para realizar los análisis concretos y no caer en generalizaciones abstractas. Esta ley explica sobre todo la importancia del factor subjetivo, de la conciencia organizada para intervenir objetivamente como fuerza social, como elemento que puede llegar a ser decisivo en los momentos críticos en los que se juega el futuro de un pueblo, de una clase social, de un colectivo explotado, etc., porque entonces esa subjetividad organizada puede determinar con su fuerza material consciente que resulte triunfante tal o cual línea evolutiva inserta en las potencialidades de la bifurcación existente. Si en esos momentos cruciales no existe esa fuerza consciente revolucionaria, las fuerzas reaccionarias y conservadoras, los factores irracionales, las cadenas del pasado y de lo más primitivo, se impondrán sobre lo nuevo y lo progresista. Quiere esto decir ni más ni menos que los pueblos que llevan la antorcha de la lucha pueden dormirse en sus logros, pueden perder impulso y quedarse relegados y hasta ser vencidos por el opresor.
La importancia del factor subjetivo organizado, ya puesto en relieve antes del marxismo por el blanquismo, y luego reafirmado por la insistencia organizativa del marxismo, desde la lucha clandestina hasta las grandes organizaciones de masas, según las circunstancias y necesidades, ha sido decisiva en todos los procesos de liberación de los pueblos oprimidos y especialmente crucial en Euskal Herria. La historia de la izquierda abertzale en este tema confirma precisamente el proceso de elaboración de un sistema organizativo propio y adecuado para las peculiaridades del proceso vasco. Uno de los puntos de fricción definitivamente irresolubles entre el "marxismo estatal" y el marxismo abertzale precisamente radica en esta cuestión. Desde el "marxismo estatal" se quería imponer una forma organizativa acorde con una estrategia que hacia del Estado español el continente y el contenido de la lucha vasca, supeditándola a los intereses estatales siempre interpretados por un partido exterior, extraño y extranjero.
La izquierda abertzale superó rápidamente esa contradicción irresoluble desde el dogmatismo estatalista, y tenemos como ejemplo las fricciones que permanentemente estallan en un colectivo tan inofensivo y de orden como IU en el tercio vascongado con respecto a IU estatal. Pero el sistema organizativo abertzale no hubiera resistido un único día de represión de no haberse enraizado con y en las practicas organizativas del pueblo vasco arriba vistas, además de haber aprendido de las mejores experiencias organizativas de otros procesos revolucionarios. Esta capacidad para integrar lo propio y lo ajeno, lo clásico y lo nuevo, ha dado pie a que se acusara de todo a la izquierda abertzale por su supuesta herejía y heterodoxia. Y esto me lleva al cuarto y último punto.
En cuarto lugar, una constante en la formación del marxismo ha sido la de avanzar siempre a los sones de las tensiones revolucionarias. Marx y Engels rastrearon el avance de las posibilidades revolucionarias desde las escasamente iniciales en el Estado francés hasta la Rusia zarista a finales de los años ’80, pasando por Gran Bretaña y Alemania, y reconociendo la creciente importancia de los EEUU en la economía capitalista mundial. Luego, la preocupación por el futuro inmediato de las luchas se centro, hasta 1918-1920, en Europa aunque no faltaron los estudios sobre la acumulación de contradicciones en los pueblos colonizados, unido a una creciente reflexión sobre los problemas nacionales. Desde 1920 hasta 1927, en este periodo fue dominante la preocupación por las luchas de liberación nacional. Pero, desde 1927 con la represión de la revolución china y el giro de la burocracia stalinista rompiendo la dialéctica entre la revolución rusa y la mundial, con este cambio, las luchas de liberación fueron supeditadas a los intereses de la "construcción del socialismo en un sólo país".
Desde entonces, todas las revoluciones triunfantes se han caracterizado, primero, por contradecir directamente la teoría stalinista; segundo por ser luchas de liberación nacional y, tercero, por haber engarzado con las formas societarias de autoorganizacion relacionadas con los restos de propiedad colectiva de la tierra. Esto no quiere decir que no se produjeron otras revoluciones, sino que éstas, en la medida en que no prestaron apenas o ninguna atención a los profundos problemas de la identidad colectiva y/o de la opresión nacional, dejaron este importante universo de lo subjetivo en manos de la burguesía. Más todavía, esta clase supo manipular mediante la pequeña burguesía ese universo subjetivo y todo lo relacionado con la estructura psíquica de masas, logrando relativos apoyos de masas al nazi-fascismo y a la contrarrevolución. Es significativo que durante la II Guerra Mundial resurgieran las luchas armadas de liberación contra la ocupación nazi en casi todos los piases, aunque con diferentes intensidades. Y también es significativo que apenas tuvieran apoyo de sus burguesías y que, por el contrario, fueran movimientos mayoritariamente obreros y populares.
A la fuerza, esta larga experiencia tenía que influir en la formación inicial de la izquierda abertzale. Desde el "marxismo estatal" se ha definido como "tercermundismo" este fenómeno cuando en realidad es el desarrollo de las contradicciones sociales a escala planetaria y el estallido de conflictos, guerrillas y guerras de liberación allí en donde se rompían los eslabones más débiles del imperialismo. El que una y otra vez estas luchas sorprendieran a las izquierdas europeas indica, por un lado, lo alejadas que estaban de la riqueza teórica marxista al haber caído en un etapismo reformista, eurocéntrico y estatalista cegatos; y, por otro lado, confirmaban que el marxismo, pese a todas sus limitaciones, era el sistema teórico que menos se equivocaba y que mejor explicaba qué estaba sucediendo, qué iba a suceder y cómo y para qué había que intervenir en esos momentos. Naturalmente siempre según las circunstancias y necesidades de su propia nación, nunca desde la imposición de estrategias pensadas en el exterior y menos en la nación opresora.
Sin embargo, la historia teórica de la izquierda abertzale puede resumirse en una lucha permanente de superación de las modas teoricistas exteriores, copiadas dogmáticamente por grupos vascos, simultánea a la elaboración de una concepción propia. El hecho de que muchos independentistas abertzales no dispongan de un conocimiento profundo del marxismo no cuestiona la validez de esta teoría para explicar la lógica de las contradicciones, solamente aclara que tanto por la influencia del "marxismo" de la URSS, como por el efecto de la represión franquista sobre la posibilidad de estudio como por el lógico rechazo a las interpretaciones estatalistas y españolistas, por todo ello, muchos independentistas eran marxistas sin saberlo. Una demostración de ello lo tenemos en que la izquierda abertzale, a diferencia de otras, siempre ha insistido con machaconería en la prioridad absoluta del análisis concreto de nuestra realidad concreta, antes que el estudio memorístico de abstrusas y abstractas recetas exteriores e inaplicables aquí. Con todas sus deficiencias, la actual militancia independentista tiene un conocimiento concreto y detallado, materialista y dialéctico, de los problemas y necesidades reales de su nación muy superior y mucho más rico en interrelaciones que el que tenían y tienen los doctos sabios de las izquierdas estatalistas que recitaban de corrida y sin tartamudear paginas enteras de los textos sagrados, pero desconocían el país que pisaban y sobre todo su lengua y su cultura. Sin esta profundización y ampliación del conocimiento real de su propia lucha y necesidades --exigencia básica del marxismo-- la izquierda abertzale habría sido derrotada hace tiempo.
Derrotada no solamente por la represión sistemática ejercida por los Estados español y francés, sino también derrotada por la política del PNV en cuanto partido representante de los intereses clasistas de un bloque social liderado por la burguesía autonomista en el tercio vascongado, y por la de otros partidos regionalistas que juegan el mismo papel en Nafarroa e Ipar Euskal Herria. Hay que empezar diciendo que todos los procesos de liberación nacional se han enfrentado al comportamiento colaboracionistas y/o cobarde de sus respectivas burguesías. Tenemos que volver a emplear aquí la herramienta teórica de la ley del desarrollo desigual y combinado para comprender las diferencias pero a la vez la identidad de fondo del comportamiento de las muy diferentes burguesías cogidas entre la lucha de sus pueblos y la ganancia que obtienen con su colaboracionismo o pasividad con el ocupante. Las burguesías se han comportado de manera desigual entre ellas según una amplia gama de posibilidades pues unas han apoyando durante un tiempo a su pueblo para traicionarlo después y otras han apoyando abiertamente al ocupante desde el principio, existiendo entre ambos extremos una extensa variación que se debe comprender estudiando la historia desigual de cada país y según la lucha de clases interna en esa nación. Hasta aquí lo desigual en el comportamiento. Lo combinado sale a la luz cuando observamos que por debajo de tanta diferencia existe una misma unidad e intereses de clase social esencialmente unida a la propiedad privada de los medios de producción en su país. Propiedad privada que, por serlo, necesita tanto de la maquinaria económica, financiera, legal, administrativa, diplomática, educativa, etc., del Estado ocupante, como de sus fuerzas represivas para garantizar en ultima instancia que las clases oprimidas de su nación no le expropien esa propiedad privada y la socialicen y colectivicen.
Hay que seguir diciendo que esas burguesías han dispuesto de correspondientes bloques sociales de apoyo y obediencia, campesinos, trabajadores y pequeño burgueses, que les han seguido o les han abandonado en un momento critico. Todo depende del grado de desarrollo del capitalismo en la nación oprimida, si es un pueblo con predominancia campesina aunque bajo el mercado capitalista o con clara y hasta total implantación capitalista. No podemos hacer ahora un análisis de cada caso, pero sí hay que decir que la lucha por ganarse a esos bloques sociales de apoyo ha sido uno de los secretos de las victorias o derrotas de los procesos de liberación. Naturalmente que es fundamental conocer con detalle la composición de clase del país, las fracciones internas de su pueblo trabajador y el papel que juega en su interior la clase obrera y/o el campesinado pobre, además de la pequeña burguesía, trabajadores autónomos y profesiones liberales, etc., pero dando esto por realizado --exigencia marxista ineludible que no se cumple siempre-- sigue siendo cierto que es una prioridad aislar a la burguesía o debilitar mucho su influencia social. En esta cuestión suele ser importante el nivel de desarrollo de los movimientos obreros, populares, culturales, sociales, identitarios y culturales porque su fuerza de atracción y su ejemplo en la creación de propuestas de todo tipo funcionan como un imán para sectores intelectuales y de la mediana y pequeña burguesía. La ampliación de la identidad nacional reprimida por el ocupante y abandonada o descuidada por la burguesía autóctona, esta dinámica sirve como polo de atracción y legitimación del proceso. En casos excepcionales, la burguesía puede jugar a dos o tres bandas para frenar o desbaratar el monopolio por la izquierda independentista del sentimiento nacional, presentando falsas salidas y hasta algunas medidas tímidas y tramposas. Este es el caso del PNV en el tercio vascongado, pero no así de UPN en Nafarroa.
Hay que continuar diciendo que estas medidas deben ser analizadas no tanto en su inmediatez sino en cuanto a su ubicación en una larga práctica que permite estudiar con más amplitud si comportamiento histórico. Durante los altibajos y vaivenes de un proceso de liberación la burguesía autonomista puede dar dos o más giros oportunistas, tácticos y de vuelo muy corto, según sus necesidades electorales u otros factores como cambios transitorios en su cúpula política. Pero la desorientación y hasta falsas esperanzas que mucha gente puede hacerse por estos actos cínicos puede ser superada si se estudian sus actos durante un tiempo largo. Muchos procesos de liberación han visto llamativos y sorprendentes cambios de táctica en su burguesía, para volver al poco tiempo a su colaboracionismo. Peor, mientras se producen esas fugaces declaraciones en el interior de la vida social, que apenas es vista por el pueblo, se sigue colaborando con el ocupante en un sinfín de medidas imprescindibles para la perpetuación del orden establecido. Esto es lo que el PNV lleva haciendo durante el último cuarto de siglo.
Hay que terminar diciendo que el Estado ocupante puede, según los casos, impulsar descentralizaciones administrativas, concesiones aparentes de poder local e incluso ceder determinadas atribuciones como una parte de la policía y otras, pero reservándose los instrumentos decisivos, obteniendo una mayor fidelidad colaboracionista de la burguesía de la nación ocupada que puede así presentar a su pueblo determinados logros y hacer algunas promesas para el futuro, siempre que se respete el orden establecido. Incluso el Estado puede llegar hasta la concesión de ausentarse, de dominar y controlar a distancia, de permanecer vigilante a lo lejos esperando que el poder colaboracionista del pueblo vigilado pague regularmente los impuestos y tributos o el convenio establecido para aplacar la furia del Estado, a la vez que reprime a los independentistas y los sacrifica para no molestar al monstruo distante pero atento. Este sistema de control y opresión a distancia ha sido calificado por los ignorantes como el más reciente, pero es tan viejo como el funcionamiento de los primeros poderes expoliadores. La razón no es otra que racionalizar y aplicar el método óptimo y efectivo de expoliación permanente de un pueblo. No se debe olvidar tampoco que en muchos casos el Estado ha potenciado directa o indirectamente el establecimiento de colonos o de emigrantes propios en el país ocupado. Surge así un sector de población claramente manipulable por el Estado como grupo de presión interno, a favor del orden establecido. Esta es una táctica muy vieja que se refuerza mediante las maniobras de captación de los sectores cultos, ricos y egoístas del pueblo invadido. De uno u otro modo, o por ambos a la vez, el Estado consigue así disponer de uno o dos bloques de apoyo directo o indirecto, pero de apoyo a su presencia.
No hace falta decir que la historia de la burguesía vasca se resume en su voluntad descarada de mantenerse dentro de la protección de los Estados español y francés. Protección que puede obtenerse de dos modos para satisfacer dos necesidades especificas y en absoluto antagónicas que surgen de la propia diferencia interna de esta clase entre alta y media burguesía. La alta burguesía vasca no ha dudado en españolizarse y afrancesarse porque sus intereses de propiedad así lo aconsejan. Al tener una mayor propiedad que defender y administrar en el mercado estatal y mundial, la necesidad de un Estado protector es mayor. Por eso la alta burguesía es ahora del PP-UPN como lo fue de la UCD y del franquismo, y en mucha menor medida del PNV y nada en absoluto del PSOE, aunque use a este partido con cínica hipocresía. La mediana burguesía también necesita al Estado, pero de otra forma porque esta fracción burguesa depende algo más de su mercado cercano, de las relaciones de dominación a pie de taller y de fabrica, y sus conexiones financieras y tecnológicas no son tan complejas como las de la alta burguesía, por lo que puede bandearse en espacios más cortos y directos con lo que la necesidad del Estado central se modifica un poco pero no desaparece. A la vez, necesita de un poco más de presencia administrativa en su propio territorio, para facilitar los tramites y para mantener una relativa presencia en el mercado propio pues no puede permitirse tantos lujos exportadores como la alta burguesía. Aunque la alta burguesía es mucho más reducida en número que la mediana, lo compensa con su clara superioridad en la propiedad de capital y de control del Estado.
La mediana burguesía autonomista sí puede mendigar al Estado un cumplimiento total de las concesiones que este le hizo hace veintitrés años, el Estatuto, y hasta una adaptación a las necesidades surgidas del proceso de Unión Europea, como mayor presencia en sus instituciones. Esto es cierto, pero hay que tener en cuenta que siguen existiendo cuatro ataduras con el Estado.
Una, que esa mediana burguesía perdería un apoyo económico, administrativo, diplomático, etc., fundamental para sus negocios internacionales si el Estado español iniciase un bloqueo obstruccionista y saboteador total. La mediana patronal lo sabe porque el propio Estado es un mercado muy apetecible y hasta necesario. Dos, que esa burguesía necesita contar con los votos de amplios sectores sociales y populares entre los que también hay votantes de origen no vasco o descendientes de emigrantes, que siguen sin adquirir una conciencia vasca nítida. Esa burguesía necesita esos votos para mantener el control del aparato autonómico, que le es imprescindible para sus negocios materiales y para sus necesidades identitarias y simbólicas vascas, por muy autonomistas que sean en lo político. No podemos cometer el error de minusvalorar estos factores subjetivos de identidad nacionalista burguesa. Por otra parte, esa burguesía también tiene que asegurar los sueldos de la burocracia autonómica, de la policía vasca, de sus familiares, es decir, tiene que mantener llenos los estómagos y los bolsillos de bastantes miles de siervos relativamente fieles pero egoístas y acomodaticios. Tres, la existencia de una pequeña burguesa vieja y nueva, engordada ideológicamente por el alto numero de trabajadores autónomos existentes en Euskal Herria, este bloque social es una tentación para la mediana burguesía, que la utiliza material y propagandisticamente como ejemplo de interclasismo, pero, a la vez, este bloque requiere de protecciones administrativas que remiten, en el marco actual, al Estado español. Y cuatro, esa burguesía sigue y seguiría necesitando la última protección armada de las fuerzas represivas del Estado ante la posibilidad de una agudización de la lucha de clases en su país. Recordemos que el pueblo trabajador vasco ha demostrado poseer una gran capacidad de lucha y autoorganizacion consejista y sovietista, y si bien estamos ante una posibilidad remota solo con nombrarla se produce el pánico.
Las cuatro ataduras aquí vistas exigen, obviamente, precisiones que no podemos hacer ahora pero, a pesar de todo, son características de un capitalismo altamente desarrollado. Una vez más debemos recurrir a la ley del desarrollo desigual y combinado para comprender cómo ha sido posible que en el corazón mismo de Europa surja un proceso de liberación nacional así, bastante más complejo que otros del llamado Tercer Mundo en donde la evolución capitalista no está tan avanzada. Y aquí aparece una reflexión que el marxismo ha planteado siempre por ser decisiva. Me refiero a la teoría del eslabón débil de la cadena imperialista. Sin caer en la trampa del debate sobre qué es la globalización, sí hay que decir que en el interior del imperialismo europeo, de la UE, uno de los eslabones más débiles es el de la explotación de la nación trabajadora vasca. No digo que sea el más débil sino uno de los más débiles. Esto, como todo, tiene sus aspectos negativos pero también positivos, y pienso que los positivos superan ampliamente a los negativos.
En primer lugar, porque cuando un eslabón se debilita es porque el pueblo trabajador y su núcleo más consciente están fortaleciéndose lo suficiente como para minar desde dentro la solidez de la cadena. En segundo lugar, porque si en esas condiciones el núcleo organizado sabe acumular fuerzas y mantener claros los objetivos, el eslabón tiende a debilitarse más todavía. En tercer lugar, porque la interacción de factores a escala estatal y europea, tiende a propagar las movilizaciones a otras naciones y clases oprimidas, obligando al Estado a multiplicar sus intervenciones. En cuarto lugar, porque ante ese avance la burguesía autonomista debe optar o bien por un repliegue notorio hacia el Estado o bien por una ambigüedad que por muy calculada que esté solamente puede acarrearle mayores problemas posteriores. En quinto y último lugar, porque aumenta la repercusión internacional del proceso y eso siempre es malo para el Estado y la burguesía autonomista. Frente a ello, estas fuerzas solamente tienen dos opciones, o inician un proceso tramposo de reformas, reiniciando el debate sobre la "segunda transición" cuando no hubo ni siquiera una primera, o endurecen al máximo la represión. La primera opción no dice que la represión desaparezca, al contrario, sería aplicada con igual dureza pero con la zanahoria de la "segunda transición" al lado.
La importancia de la teoría del eslabón débil consiste en que saca a la luz la crudeza extrema de la lucha de clases y/o de liberación nacional porque pone el dedo en la llaga del problema decisivo, que no es otro que el del poder, otra de las características definitorias del marxismo. Durante estos pasados veinticinco años, la burguesía autonomista y su máximo representante, el PNV, ha sido una pieza clave en lo tocante al poder efectivo en todas sus formas de plasmación. Las presiones a las que ahora le somete el Estado y no solo el PP, no provienen del independentismo del PNV sino de la consciencia española de que el PNV ha fracasado en su papel de bombero contra la izquierda abertzale, y de que incluso sectores de sus bases populares, que las tiene, son progresivamente permeables a la tarea concienciadora de los movimientos democráticos y populares vascos. Es este proceso de fondo el que preocupa cada vez más a Madrid porque incide en todas y cada una de las cuatro crisis estructurales que minan a "España" en sus propias raíces, aunque de forma diferente en cada una de ellas. El capitalismo español es muy consciente de que el eslabón débil de su poder lo tiene en la parte vasca que él domina, y que si pierde su control sobre ella, o es debilitado en grado sumo, lo más probable es que se produzca el "efecto dominó" sobre el resto de la península inherente a las oleadas emancipadoras.